«Entré en su despacho, pero no tuve tiempo de abrir la boca. “Vuelve a salir. A ver si eres capaz de entrar como una persona decente”, me dijo en tono severo. Yo salí y llamé a la puerta, detalle que había olvidado por completo. “¡Adelante!”, oí gritar, y entré y permanecí de pie. “¿Y la reverencia? ¿Qué se dice al entrar en mi despacho?” Me incliné y le dije con voz lastimera: “Buenos días, señor director.” Ahora estoy tan bien adiestrado que este “Buenos días, señor director” me sale como si nada. Por entonces odiaba esa manera sumisa y cortés de comportarse: aún tenía poco claras las ideas. Lo que entonces me parecía obtuso y ridículo, me parece hoy bello y de buen tono. “¡Habla más fuerte, granuja!”, exclamó Herr Benjamenta. Y tuve que repetir cinco veces el “Buenos días, señor director”. Sólo después me preguntó qué quería. Yo, que había montado en cólera, le dije: “Aquí no se aprende nada y no quiero quedarme. Por favor, devuélvame el dinero, que me iré al diablo. ¿Dónde están los maestros? ¿Hay acaso algún plan de estudios, alguna idea? No, nada de nada. Yo me largo. Nadie, sea quien sea, me impedirá abandonar este lugar de oscuridad y de tinieblas. Vengo de una familia demasiado distinguida para dejarme torturar y embrutecer por los reglamentos más que idiotas de esta casa. Claro que no quiero volver junto a papá y mamá, eso nunca; más bien pienso irme por calles y plazas y venderme como esclavo. Lo cual no le hace daño a nadie.” Tal fue mi discurso. Hoy día me parto de risa al recordar aquel estúpido comportamiento. Pero entonces me tomé todo aquello terriblemente en serio. El señor director guardó silencio. Yo me disponía a lanzarle a la cara algún soez insulto cuando él, sosegadamente, me dijo: “El dinero ingresado ya no se devuelve. En cuanto a tu necia idea de que aquí no puedes aprender nada, te equivocas, pues sí puedes hacerlo. Aprende, ante todo, a conocer a quienes te rodean. Tus compañeros merecen que al menos hagas el intento de conocerlos. Habla conellos. Mi consejo es: tómatelo con calma. Con mucha calma.” Dijo este “con mucha calma” como si estuviera absorto en pensamientos profundos, que no me concernieran para nada. Tenía los ojos bajos, como para darme a entender lo buenas y tiernas que eran sus intenciones.Tras haberme dado claras pruebas de ausencia de ánimo, volvió a callarse. ¿Qué podía hacer yo? Ya estaba otra vez Herr Benjamenta enfrascado en su periódico. Tuve la sensación de que, a lo lejos, me amenazaba una tormenta atroz e incomprensible. Me incliné profundamente, casi hasta tocar el suelo, ante quien no me prestaba ya atención alguna, dije el “Adiós, señor director” reglamentario, di un taconazo, me cuadré y di media vuelta, o mejor dicho, no: busqué a tientas el pomo de la puerta y,con la mirada puesta en la cara del señor director, me deslicé fuera sin volverme. Así terminó un conato de revolución. Desde entonces no han vuelto a producirse escenas subversivas. ¡Y Dios sabe si me han llovido palizas! Palizas dadas por él, ese hombre en el que sospecho un corazón realmente grande, y yo sin pestañear ni decir ni pío, sin sentirme siquiera ofendido. Solamente muy dolido, y no por mí, sino por él, por el señor director. La verdad es que siempre pienso en él, en ambos: él y la señorita, y en la forma como vegetan con nosotros, los muchachos. ¿Qué harán todo el tiempo en esa casa? ¿En qué se ocuparán? ¿Serán pobres? ¿Serán los Benjamenta pobres? Aquí hay “aposentos interiores”. Hasta ahora nunca he estado en ellos. Kraus sí, porque gracias a su lealtad es el preferido. Pero se niega a dar información sobre los aposentos del director. Cuando le interrogo al respecto, se limita a mirarme con ojos saltones y guarda silencio. Oh, Kraus sí que sabe callarse. Si yo fuera un señor, lo tomaría en el acto a mi servicio. Aunque quizá algún día logre penetrar en esos aposentos interiores. ¿Qué verán entonces mis ojos? ¿Nada extraordinario, tal vez? Oh, sí, sí. Estoy seguro de que aquí dentro, en algún sitio, hay cosas maravillosas.»
Robert Walser, Jakob von Gunten
Tradução de Juan J. del Solar
(Alfaguara, 1984)
